Entre los siglos XI y XIII los cruzados levantaron un reino cristiano en Tierra Santa desde el cual hicieron la guerra contra estados generalmente más poderosos y habitados. Su pequeño dominio, rodeado por enemigos y por el mar Mediterráneo, siempre estuvo en una posición muy precaria. Dependió de las órdenes de caballería y, en gran medida, del trasiego de peregrinos, caudales y expedicionarios desde Europa. Pero incluso así sufrieron la devastación de las enfermedades, la guerra y su escasa población. El reino fue languideciendo paulatinamente hasta que, finalmente, los europeos fueron expulsados en el año 1291, con la caída de su último enclave, San Juan de Acre. En los anales quedaron grabadas para siempre batallas como la de los cuernos de Hattin, impresionantes asedios, como el de Antioquía, o la triste y sobrecogedora decadencia del Imperio Bizantino. Todo ello marcó el destino de Oriente Medio y el de Europa.
Alejandro
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